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miércoles, 9 de enero de 2008





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“Cámara fuerte de semillas” en el Ártico

Bill Gates, Rockefeller y los gigantes de la biogenética saben algo que ignoramos

Al fundador de Microsoft, Bill Gates, se le puede acusar de todo, pero no de ser haragán. Comenzó a programar a los 14, fundó Microsoft a los 20, mientras todavía estudiaba en Harvard. En 1995 Forbes lo catalogó como el hombre más rico del mundo por ser el mayor accionista de su Microsoft, una compañía que su ímpetu incansable convirtió en un monopolio de facto de sistemas de software para ordenadores personales.

En 2006, cuando la mayoría de las personas en una situación semejante podrían pensar en retirarse a una tranquila isla en el Pacífico, Bill Gates decidió dedicar sus energías a su Fundación Bill y Melinda Gates, la mayor fundación privada ‘transparente’ del mundo, como dice, con una dotación impresionante de 34.600 millones de dólares, y la necesidad legal de gastar 1.500 millones de dólares al año en proyectos benéficos en todo el mundo para mantener su condición benéfica libre de impuestos. En 2006, un regalo de unos 30.000 millones de dólares en acciones de Berkshire Hathaway de su amigo y asociado empresarial, el mega inversionista, Warren Buffett, colocó a la fundación de Gates en la liga en la que gasta casi el monto total del presupuesto anual de la Organización Mundial de la Salud de Naciones Unidas.

Así que cuando Bill Gates decide gastar, a través de la Fundación Gates, unos 30 millones de dólares de su bien ganado dinero en un proyecto, vale la pena considerarlo.

Ninguna empresa es más interesante en la actualidad que un curioso proyecto en uno de los sitios más remotos del mundo, Svalbard. Bill Gates invierte millones en un banco de semillas en el Mar de Barents cerca del Océano Ártico, a unos 1.100 kilómetros del Polo Norte. Svalbard es un árido trozo de roca reivindicado por Noruega y cedido en 1925 por un tratado internacional.

En esa isla dejada de la mano de Dios, Bill Gates invierte decenas de sus millones junto con la Fundación Rockefeller, Monsanto Corporation, Syngenta Foundation y el gobierno de Noruega, entre otros, en lo que llaman ‘el banco semillero del día del juicio final.’ Oficialmente, el proyecto se llama la Cámara Semillera Global Svalbard en la isla noruega de Spitsbergen, parte del grupo de islas Svalbard.

La cámara de semillas del día del juicio final

El banco de semillas es construido dentro de una montaña en la isla Spitsbergen cerca de la pequeña aldea Longyearbyen. Está casi listo para entrar en acción, según sus comunicados de prensa. El banco tendrá puertas dobles a prueba de explosiones con sensores de movimiento, dos esclusas de aire, y paredes de hormigón reforzado con acero, de un metro de grosor. Contendrá hasta tres millones de variedades diferentes de semillas de todo el mundo, ‘para que la diversidad de cultivos pueda ser conservada para el futuro,’ según el gobierno noruego. Las semillas serán especialmente envueltas para excluir la humedad. No habrá personal a tiempo completo, la relativa inaccesibilidad de la bóveda facilitará el control de toda actividad humana posible.

¿Pasamos algo por alto? Su comunicado de prensa declaró: ‘para que la diversidad de cultivos pueda ser conservada para el futuro’. ¿Qué futuro prevén los patrocinadores del banco de semillas, que amenazaría la disponibilidad global de las actuales semillas, casi todas las cuales ya están bien protegidas por bancos de semillas en todo el mundo?

Toda vez que Bill Gates, la Fundación Rockefeller, Monsanto y Syngenta se juntan en un proyecto común, vale la pena escarbar un poco más profundo, más allá de las rocas en Spitsbergen. Y encontramos algunas cosas fascinantes.

El primer punto notable es quien auspicia la bóveda de semillas del día del juicio final. A los noruegos se suman, como hemos señalado, la Fundación Bill & Melinda Gates, el gigante estadounidense del agronegocio DuPont/Pioneer Hi-Bred, uno de los mayores dueños del mundo de semillas de plantas patentadas genéticamente modificadas (OGM) y agroquímicos relacionados; Syngenta, la importante compañía de semillas y agroquímicos basada en Suiza, a través de su Fundación Syngenta; la Fundación Rockefeller, el gripo privado que creó la “revolución genética” con más de 100 millones de dólares de capital semilla desde los años setenta; CGIAR, la red global creada por la Fundación Rockefeller para promover su ideal de pureza genética mediante el cambio agrícola.

CGIAR y ‘El Proyecto’

Como lo detallé en el libro “ Seeds of Destruction” [Semillas de destrucción] (1), en 1960, la Fundación Rockefeller, el Consejo de Desarrollo de la Agricultura de John D. Rockefeller III y la Fundación Ford unieron fuerzas para crear el Instituto Internacional de Investigación del Arroz (IRRI) en Los Baños, en las Filipinas. En 1971, el IRRI de la Fundación Rockefeller, junto con su Centro Internacional de Mejora del Maíz y del Trigo basado en México, y otros dos centros internacionales de investigación creados por Rockefeller y la Fundaciòn Ford, la IITA para la agricultura tropical, en Nigeria, y el IRRI para el arroz, en las Filipinas, se combinaron para formar un Grupo Consultivo global sobre la Investigación Internacional de la Agricultura (CGIAR).

CGIAR fue formado en una serie de conferencias privadas realizadas en el centro de conferencias de la Fundación Rockefeller en Bellagio, Italia. Los principales participantes en las conversaciones de Bellagio fueron George Harrar de la Fundación Rockefeller, Forrest Hill de la Fundación Ford, Robert McNamara del Banco Mundial y Maurice Strong, el organizador medioambiental internacional de la familia Rockefeller quien, como fideicomisario de la Fundación Rockefeller, organizó la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano en Estocolmo en 1972. Formó parte del enfoque durante decenios de la fundación por convertir a la ciencia al servicio de la eugenesia, una versión execrable de la pureza racial, que ha sido llamada ‘El Proyecto.’

Para asegurar el máximo impacto, el CGIAR incorporó a la Organización de las Naciones Unidas para la agricultura y la alimentación (FAO), el Programa de Desarrollo de la ONU y el Banco Mundial. Por lo tanto, a través de un apalancamiento cuidadosamente planificado de sus fondos iniciales, la Fundación Rockefeller estuvo en condiciones a comienzos de los años setenta de conformar la política agrícola global. Y así lo hizo.

Financiado por generosas becas de estudio de Rockefeller y de la Fundación Ford, CGIAR aseguró que destacados científicos agrícolas y agrónomos del Tercer Mundo fueran llevados a EE.UU. para ‘dominar’ los conceptos de la producción de la producción del agronegocio moderno, a fin de llevarlos de vuelta a sus patrias. Al hacerlo crearon una invaluable red de influencia para la promoción del agronegocio de EE.UU. en esos países, especialmente la promoción de la “Revolución genética” OGM en los países en desarrollo, todo en nombre de la ciencia y de la agricultura eficiente de libre mercado.

¿Ingeniería genética de una raza superior?

Ahora el Banco de Semillas Svalbard se pone interesante. Pero se pone mejor. ‘El Proyecto’ al que me refería es el proyecto de la Fundación Rockefeller y de poderosos intereses financieros desde los años veinte para el uso de la eugenesia, rebautizada posteriormente como genética, para justificar la creación de una Raza Superior genéticamente modificada. Hitler y los nazis la llamaron la Raza Superior Aria.

La eugenesia de Hitler fue financiada considerablemente por la misma Fundación Rockefeller que actualmente construye una cámara acorazada de semillas del día del juicio final para preservar muestras de cada semilla de nuestro planeta. Ahora la cosa se vuelve verdaderamente fascinante. La misma Fundación Rockefeller creó la disciplina pseudo-científica de la biología molecular en su inexorable búsqueda de la reducción de la vida humana a “secuencias de genes definidoras” que esperaban, podrían luego ser modificadas para cambiar a voluntad las características humanas. Los científicos eugenistas de Hitler, muchos de los cuales fueron silenciosamente llevados a EE.UU. después de la Guerra para continuar su investigación eugénica, crearon gran parte del trabajo en la que se basó la ingeniería genética de varias formas de vida, en gran parte apoyada abiertamente hasta bien avanzado el Tercer Reich por generosos subsidios de la Fundación Rockefeller. (2)

La misma Fundación Rockefeller creó la así llamada Revolución Verde, después de un viaje a México en 1946 de Nelson Rockefeller y del antiguo Secretario de Agricultura del Nuevo Trato y fundador de la Pioneer Hi-Bred Seed Company, Henry Wallace.

La Revolución Verde pretendía solucionar considerablemente el problema del hambre en el mundo en México, India y en otros países seleccionados en los que trabajaba Rockefeller. El agrónomo de la Fundación Rockefeller, Norman Borlaug, obtuvo un Premio Nobel de la Paz por su trabajo, aunque no es algo de lo que alguien se pueda enorgullecer si gente como Henry Kissinger también lo comparten.

En realidad, como quedó en claro años más tarde, la Revolución Verde fue un brillante ardid de la familia Rockefeller para desarrollar un agronegocio globalizado que luego podría monopolizar igual como lo había hecho medio siglo antes con la industria petrolera mundial. Como declarara Henry Kissinger en los años setenta: “Si se controla el petróleo, se controla el país; si se controlan los alimentos, se controla a la población.”

El agronegocio y la Revolución Verde de Rockefeller iban de la mano. Formaban parte de una grandiosa estrategia que incluía el financiamiento por la Fundación Rockefeller de la investigación para el desarrollo de la ingeniería genética de plantas y animales unos pocos años más tarde.
John H. Davis había sido Secretario de Agricultura Adjunto bajo el presidente Dwight Eisenhower a comienzos de los años cincuenta. Abandonó Washington en 1955 y fue a la Escuela de Postgrado de Administración de Empresas de Harvard, un sitio poco usual para un experto en agricultura en esos días. Tenía una estrategia bien definida. En 1956, Davis escribió un artículo en la Harvard Business Review en el que declaró que “la única manera de resolver de una vez por todas el así llamado problema agrícola, y de evitar engorrosos programas gubernamentales, es pasar de la agricultura al agronegocio.” Sabía precisamente lo que se proponía, aunque pocos tenían la menor idea en aquel entonces – una revolución en la producción agrícola que concentrara el control de la cadena alimentaria en manos corporativas multinacionales, lejos del agricultor familiar tradicional. (3)

Un aspecto crucial que impulsaba el interés de la Fundación Rockefeller y de las compañías de agronegocios de EE.UU. era el hecho de que la Revolución Verde se basaba en la proliferación de nuevas semillas híbridas en los mercados en desarrollo. Un aspecto vital de las semillas híbridas era su falta de capacidad reproductiva. Las híbridas incorporaban una protección contra la multiplicación. A diferencia de especies normales polinizadas abiertamente, cuyas semillas permitían rendimientos similares a los de sus progenitores, el rendimiento de las semillas dadas por plantas híbridas era significativamente inferior al de la primera generación.

Esa característica de rendimiento disminuyente de las híbridas significa que los agricultores deben normalmente comprar semillas cada año a fin de obtener altos rendimientos. Además, el reducido rendimiento de la segunda generación eliminó el comercio en semillas que es a menudo realizado por productores de semillas sin la autorización del cultivador. Impidió la redistribución de las semillas del cultivo comercial por intermediarios. Si las grandes compañías semilleras multinacionales podían controlar las líneas paternales de semillas en casa, ningún competidor o agricultor podría producir la semilla híbrida. La concentración global de patentes de semillas híbridas en un puñado de gigantescas compañías semilleras, dirigidas por Pioneer Hi-Bred de DuPont y Dekalb de Monsanto estableció la base para la ulterior revolución de la semilla OGM. (4)

En efecto, la introducción de la tecnología agrícola moderna estadounidense, de fertilizantes químicos y semillas híbridas comerciales, contribuyeron en conjunto a hacer que los agricultores locales en los países en desarrollo, particularmente los mayores, más establecidos, dependieran del aporte del agronegocio y de las compañías petroquímicas, en su mayoría estadounidenses. Fue un primer paso en lo que se convertiría en un proceso cuidadosamente planificado, que duró décadas.

Bajo la Revolución Verde, el agronegocio hizo importantes avances en mercados que previamente ofrecían un acceso limitado a los exportadores de EE.UU. La tendencia fue posteriormente apodada “agricultura orientada al mercado.” En realidad se trataba de agricultura controlada por el agronegocio.

Mediante la Revolución Verde, la Fundación Rockefeller y posteriormente la Fundación Ford, trabajaron mano en mano conformando y apoyando los objetivos de política exterior de la Agencia por el Desarrollo Internacional de EE.UU. (USAID) y de la CIA.

Un importante efecto de la Revolución fue la despoblación del campo de campesinos que fueron obligados a huir a los barrios de chabolas alrededor de las ciudades en una búsqueda desesperada de trabajo. No fue por accidente. Formaba parte de un plan para crear reservas de mano de obra barata para futuras manufacturas multinacionales de EE.UU., la ‘globalización’ de los últimos años.

Cuando terminó el autobombo alrededor de la Revolución Verde, los resultados fueron bastante diferentes de lo que se había prometido. Surgieron problemas por el uso indiscriminado de los nuevos pesticidas químicos, a menudo con serias consecuencias para la salud. Con el pasar del tiempo el monocultivo de nuevas variedades de semillas híbridas redujo la fertilidad del suelo y el rendimiento. Los primeros resultados fueron impresionantes; rendimientos dobles o incluso triples de algunos cultivos tales como el trigo y después el maíz en México. Pero eso pronto se desvaneció.

La Revolución Verde fue típicamente acompañada por grandes proyectos de irrigación que a menudo incluían préstamos del Banco Mundial para construir nuevas inmensas represas, y en la inundación de áreas previamente habitadas y de tierras fértiles al hacerlo. El súper-trigo también produjo mayores rendimientos saturando el suelo con inmensas cantidades de fertilizante por hectárea, y el fertilizante era producto de nitratos y de petróleo, materias primas controladas por las Siete Hermanas, importantes compañías petroleras controladas por los Rockefeller.

También se utilizaron inmensas cantidades de herbicidas y pesticidas, creando mercados adicionales para los gigantes del petróleo y de la química. Como lo describió un analista, en efecto, la Revolución Verde fue sólo una revolución química. En ningún momento podrían las naciones en desarrollo pagar por las inmensas cantidades de fertilizantes químicos y pesticidas. Obtendrían los créditos por cortesía del Banco Mundial y préstamos especiales de Chase Bank y otros grandes bancos de Nueva York, respaldados por garantías del gobierno de EE.UU.

Aplicados en una gran cantidad de países en desarrollo, esos préstamos fueron recibidos sobre todo por grandes terratenientes. Para los pequeños campesinos la situación se desarrolló de otra manera. Los pequeños agricultores campesinos no podían permitirse los productos químicos y otros insumos modernos y tenían que pedir prestado dinero.

Varios programas gubernamentales trataron inicialmente de suministrar algunos préstamos a los agricultores para que pudieran adquirir semillas y fertilizantes. Los agricultores que no pudieron participar en este tipo de programa tuvieron que pedir prestado dinero del sector privado. Por las exorbitantes tasas de interés para préstamos informarles, numerosos agricultores pequeños ni siquiera obtuvieron los beneficios de los altos rendimientos iniciales. Después de la cosecha, tuvieron que vender la mayor parte, si no todos sus productos, para pagar préstamos e intereses. Llegaron a depender de prestamistas y comerciantes y a menudo perdieron sus tierras. Incluso con préstamos a condiciones favorables de agencias gubernamentales, la plantación de cultivos de subsistencia cedió ante la producción de cultivos comerciales. (5)

Desde decenios los mismos intereses, que incluyen a la Fundación Rockefeller que respaldó la Revolución Verde inicial, han trabajado para promover una segunda “Revolución Genética” como el presidente de la Fundación Rockefeller, Gordon Conway, la llamó hace varios años: la difusión de la agricultura industrial y de insumos comerciales incluyendo las semillas patentadas OGM.

Gates, Rockefeller y una Revolución Verde en África

Si se tiene presente el verdadero antecedente de la Revolución Verde de la Fundación Rockefeller en los años cincuenta, se hace especialmente extraño que esa misma Fundación Rockefeller junto con la Fundación Gates, que invierten millones de dólares para preservar cada semilla contra un posible escenario “del día del juicio final,” también estén invirtiendo millones en un proyecto llamado “Alianza por una Revolución Verde en África.”

AGRA, como se llama, es una vez más una alianza con la misma Fundación Rockefeller que creó la “Revolución Genética.” Una mirada al Consejo Directivo de AGRA lo confirma.

Incluye nada menos que al ex Secretario General de la ONU, Kofi Annan, como presidente. En su discurso de aceptación en un evento del Foro Económico Mundial en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, en junio de 2007, Kofi Annan declaró: “Acepto este desafío con gratitud a la Fundación Rockefeller, a la Fundación Bill & Melinda Gates, y a todos los demás que apoyan nuestra campaña africana.”

El consejo de AGRA cuenta además con un sudafricano, Strive Masiyiwa, quien es un Fideicomisario de la Fundación Rockefeller. Incluye a Sylvia M. Mathews de la Fundación Bill & Melinda Gates; Mamphela Ramphele, ex directora gerente del Banco Mundial (2000 – 2006); Rajiv J. Shah de la Fundación Gates Foundation; Nadya K. Shmavonian de la Fundación Rockefeller; Roy Steiner de la Fundación Gates. Además, la Alianza para AGRA incluye a Gary Toenniessen, director gerente de la Fundación Rockefeller y a Akinwumi Adesina, director asociado, de la Fundación Rockefeller.

Para completar la rueda, los Programas para AGRA incluyen a Peter Matlon, director gerente de la Fundación Rockefeller; Joseph De Vries, director del Programa para Sistemas de Semillas de África y director asociado de la Fundación Rockefeller; Akinwumi Adesina, director asociado de la Fundación Rockefeller. Como la antigua Revolución Verde fracasada en India y México, la nueva Revolución Verde en África es evidentemente una importante prioridad de la Fundación Rockefeller.

Mientras hasta la fecha tratan de no llamar la atención, se considera que Monsanto y los principales gigantes del negocio de los OGM están en medio del uso de la AGRA de Kofi Annan para difundir sus semillas OGM patentadas por toda África bajo la engañosa etiqueta de ‘biotecnología,’ el nuevo eufemismo para semillas patentadas genéticamente modificadas. Hasta la fecha, Sudáfrica es el único país africano que permite la plantación legal de cultivos de OGM. En 2003 Burkina Faso autorizó pruebas con OGM. En 2005 Ghana, de Kofi Annan, preparó legislación de bioseguridad y responsables clave expresaron sus intenciones de continuar la investigación de cultivos OGM.

África es el próximo objetivo de la campaña del gobierno de EE.UU. por extender los OGM a todo el mundo. Sus ricos suelos la convierten en un candidato ideal. No sorprende que numerosos gobiernos africanos sospechen lo peor de los padrinos de los OGM ya que una multitud de proyectos de modificación genética y de bioseguridad han sido iniciados en África, con el objetivo de introducir los OGM en los sistemas agrícolas africanos. Estos incluyen patrocinios ofrecidos por el gobierno de EE.UU. para capacitar en EE.UU. a científicos africanos en ingeniería genética, proyectos de bioseguridad financiados por la Agencia de Desarrollo Internacional de EE.UU. (USAID) y el Banco Mundial; la investigación en OGM involucrando cultivos alimentarios indígenas africanos.

La Fundación Rockefeller ha estado trabajando durante años para promover, en gran parte infructuosamente, proyectos por introducir los OGM en los campos de África. Ha respaldado investigación que apoya la aplicabilidad del algodón OGM en las llanuras de Makhathini en Sudáfrica.

Monsanto, que tiene un punto de apoyo sólido en la industria semillera de Sudáfrica, tanto en OGM como en híbridas, ha concebido un ingenioso programa para minifundistas conocido como la Campaña de las ‘Semillas de la Esperanza,’ que está introduciendo un paquete ‘revolución verde’ a agricultores pobres en pequeña escala, seguido, por cierto, por semillas OGM patentadas de Monsanto. (6)

Syngenta AG de Suiza, uno de los “Cuatro Jinetes del día del juicio final OGM” está lanzando millones de dólares a una nueva instalación de invernaderos en Nairobi, para desarrollar maíz OGM resistente a los insectos. Syngenta también forma parte de CGIAR. (7)

Pasamos a Svalbard


¿Se trata simplemente de un descuido filosófico? ¿Qué lleva a las fundaciones Gates y Rockefeller a respaldar al mismo tiempo la proliferación en toda África de semillas Terminator patentadas y a punto de ser patentadas, un proceso que, como ha sucedido en todos los demás sitios en el planeta, destruye las variedades de semillas de plantas al introducir el agronegocio del monocultivo industrializado? Al mismo tiempo, invierten decenas de millones de dólares para preservar toda variedad de semillas conocida en una cámara del día del juicio final a prueba de bombas cerca del remoto Círculo Ártico ‘para que la diversidad de cultivos pueda ser conservada para el futuro’ para citar su comunicado oficial.

No es por accidente que las fundaciones Rockefeller y Gates se unan para impulsar una Revolución Verde al estilo OGM en África al mismo tiempo que financian silenciosamente la ‘cámara de semillas del Día del juicio final’ en Svalbard. Los gigantes del agronegocio están metidos hasta el cuello en el proyecto Svalbard.

Por cierto, toda la operación Svalbard y la gente involucrada recuerdan las peores imágenes catastróficas del éxito de ventas de Michael Crichton: “La Amenaza De Andromeda,” una película de suspenso de ciencia ficción en la que una enfermedad letal de origen extraterrestre causa una coagulación rápida y fatal de la sangre que amenaza a toda la especie humana. En Svalbard, el depósito más seguro de semillas del mundo del futuro será guardado por los policías de la Revolución Verde OGM – las fundaciones Rockefeller y Gates, Syngenta, DuPont y CGIAR.

El proyecto Svalbard será operado por una organización llamada Fundación mundial por la diversidad de los cultivos (GCDT). ¿Quiénes son para poseer una responsabilidad tan impresionante sobre todas las variedades de semillas del planeta? La GCDT fue fundada por la FAO y Bioversity International (anteriormente el Instituto Internacional de Investigación Genética de Plantas), un vástago de la CGIAR.

La Fundación mundial por la diversidad de los cultivos (GCDT) está basada en Roma. Su consejo es presidido por Margaret Catley-Carlson, canadiense, quien también está en el consejo consultivo de Group Suez Lyonnaise des Eaux, una de las mayores compañías privadas de aguas del mundo. Catley-Carlson también fue presidente hasta 1998 del Population Council, basado en Nueva York, la organización de reducción de la población de John D. Rockefeller, establecida en 1952, para hacer progresar el programa de eugenesia de la familia Rockefeller bajo la cobertura de promover la “planificación familiar,” dispositivos de contracepción, esterilización y “control de la población” en los países en desarrollo.

Otros miembros del consejo de GCDT incluyen al antiguo ejecutivo del Bank of America y actualmente jefe de Animación de Hollywood DreamWorks, Lewis Coleman. Coleman es también jefe del consejo director de Northrup Grumman Corporation, uno de los principales contratistas del Pentágono en la industria militar de EE.UU.

Jorio Dauster (Brasil) es también presidente del consejo de Brasil Ecodiesel. Es ex embajador de Brasil en la Unión Europea, y negociador jefe de la deuda externa de Brasil para el Ministerio de Finanzas. Dauster también ha servido como presidente del Instituto Brasileño del Café y como coordinador del Proyecto por la Modernización del sistema de patentes de Brasil, que involucra la legalización de patentes sobre semillas genéticamente modificadas, algo que hasta hace poco estaba prohibido por las leyes brasileñas.

Cary Fowler es director ejecutivo de la Fundación. Fowler fue profesor y director de investigación en el Departamento de Estudios del Medioambiente Internacional y de Desarrollo en la Universidad Noruega de Ciencias de la Vida. También fue consejero sénior del director general de Bioversity International. Allí representó a los Future Harvest Centres del CGIAR en negociaciones sobre el Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura. En los años noventa, dirigió el Instituto Internacional de Recursos Fitogenéticos (IPGRI), en la FAO. Redactó y supervisó las negociaciones del Plan de acción mundial para la conservación y la utilización sostenible de los recursos fitogenéticos para la alimentación y la agricultura de la FAO, adoptado por 150 países en 1996.

Es ex miembro del Consejo Nacional de Recursos Fitogenéticos de EE.UU. y del Consejo de Administración del Centro Internacional de Mejora del Maíz y del Trigo en México, otro proyecto de la Fundación Rockefeller y del CGIAR.

El miembro del consejo del GCDT, Dr. Mangala Rai de India, es secretario del Departamento de Investigación y Educación Agrícola de India (DARE), y director general del Consejo Indio de Investigación Agrícola (ICAR). También es miembro del consejo del Instituto Internacional de Investigación del Arroz (IRRI) de la Fundación Rockefeller, que promovió el primer experimento de importancia con OGM del mundo, el tan exageradamente promocionado ‘Arroz de oro’ que resultó ser un fracaso. Rai ha servido como miembro del consejo de CIMMYT (Centro Internacional de Mejoramiento del Maíz y el Trigo), y miembro del Consejo Ejecutivo del CGIAR.

Los donantes o ángeles financistas de la Fundación Global de Diversidad de los Cultivos incluyen también, para utilizar las palabras clásicas de Humphrey Bogart en Casablanca: “a todos los sospechosos usuales.” Junto a las fundaciones Rockefeller y Gates, los donantes incluyen a los gigantes de los OGM DuPont-Pioneer Hi-Bred, Syngenta of Basle Switzerland, CGIAR y a la Agencia, favorable a los OGM, por la Ayuda al Desarrollo (USAID) enérgicamente promovida por el Departamento de Estado. Parece, por cierto, que tenemos a los zorros de las OGM y de la reducción de la población protegiendo al gallinero de la humanidad, el almacén de la diversidad global de semillas en Svalbard. (8)

¿Por qué Svalbard justo ahora?

Podemos legítimamente preguntar por qué Bill Gates y la Fundación Rockefeller junto con los principales genéticos del agronegocio de la modificación genética como DuPont y Syngenta, junto con el CGIAR, están construyendo la cámara de semillas del día del juicio final en el Ártico.

En primer lugar, ¿quién utiliza un banco de semillas semejante? Los cultivadores e investigadores de plantas son los principales utilizadores de bancos de genes. Los principales cultivadores de plantas de la actualidad son Monsanto, DuPont, Syngenta y Dow Chemical, los gigantes globales de las patentes de plantas OGM. Desde comienzos de 2007 Monsanto tiene derechos de patentes mundiales junto con el gobierno de EE.UU. para la planta así llamada “Terminator” o GURT ((acrónimo inglés de Grupo de Tecnologías de Restricción de Uso). Terminator es una siniestra tecnología mediante la cual una semilla comercial patentada se ‘suicida’ después de una cosecha. El control por las compañías semilleras privadas es total. Un tal control y poder sobre la cadena alimentaria nunca ha existido previamente en la historia de la humanidad.

Esta variedad Terminator astutamente modificada genéticamente obliga a los agricultores a volver cada año a Monsanto o a otros proveedores de semillas OGM para conseguir nuevas semillas para arroz, soya, maíz, trigo, cualquier cultivo que necesiten para alimentar a su población. Si fuera ampliamente introducida en todo el mundo, posiblemente podría convertir en una década o algo así a la mayor parte de los productores de alimentos del mundo en nuevos siervos feudales esclavizados por tres o cuatro compañías semilleras gigantes como Monsanto, DuPont o Dow Chemical.

Eso, desde luego, podría también abrir la puerta para que esas compañías privadas, tal vez bajo órdenes de su gobierno anfitrión, Washington, nieguen las semillas a uno u otro país en desarrollo cuya política se pueda volver contra la de Washington. Los que dicen: “No puede pasar aquí” harían bien en estudiar más de cerca lo que pasa actualmente en el mundo. La simple existencia de esa concentración de poder en tres o cuatro gigantes del agronegocio privado basados en EE.UU. es motivo suficiente para prohibir legalmente todos los cultivos OGM, incluso si sus ventajas en la cosecha fueran reales, lo que manifiestamente no es el caso.

No se puede decir que esas compañías privadas: Monsanto, DuPont, Dow Chemical tengan antecedentes inmaculados en términos de manejo de la vida humana. Desarrollaron y proliferaron invenciones como la dioxina, los PCB, el Agente Naranja. Encubrieron durante décadas evidencia obvia de consecuencias carcinogénicas u otras severas para la salud humana del uso de productos químicos tóxicos. Han enterrado informes científicos serios de que el herbicida más generalizado del mundo, glifosato, el ingrediente esencial en el herbicida Roundup de Monsanto vinculado a la compra de la mayoría de las semillas genéticamente modificadas de Monsanto, es tóxico cuando se escurre al agua potable. (9) Dinamarca prohibió el glifosato en 2003 cuando confirmó que ha contaminado el agua subterránea del país. (10)

La diversidad almacenada en bancos genéticos de semillas es la materia prima para el cultivo de plantas y para una gran parte de la investigación biológica básica. Varios cientos de miles de muestras son distribuidas cada año con esos propósitos. La FAO de la ONU enumera unos 1.400 bancos de semillas en todo el mundo, el mayor es el del gobierno de EE.UU. Otros grandes bancos son mantenidos por China, Rusia, Japón, India, Corea del Sur, Alemania y Canadá en orden de tamaño descendiente. Además, CGIAR opera una cadena de bancos de semillas en centros seleccionados en todo el mundo.

CGIAR, establecido en 1972 por la Fundación Rockefeller y la Fundación Ford para propagar su modelo del agronegocio de la Revolución Verde, controla la mayor parte de los bancos de semillas privados desde las Filipinas a Siria, a Kenia. En total esos bancos de semillas actuales tienen más de seis millones y medio de variedades de semillas, casi dos millones de las cuales son ‘diferentes.’ La cámara del día del juicio final de Svalbard tendrá capacidad para albergar cuatro millones y medio semillas diferentes.

¿Los OGM como arma de la guerra biológica?

Ahora llegamos al centro del peligro y al potencial para abuso inherentes en el proyecto Svalbard de Bill Gates y de la Fundación Rockefeller. ¿Puede el desarrollo de semillas patentadas para la mayoría de los principales cultivos de subsistencia del mundo como ser arroz, maíz, trigo, y granos alimenticios como la soya, ser utilizado en última instancia en una forma horrible de guerra biológica?

El objetivo explícito del lobby de la eugenesia financiado desde los años veinte por acaudaladas familias de la elite como los Rockefeller, Carnegie, Harriman y otros, ha encarnado lo que llamaron ‘eugenesia negativa:’ acabar sistemáticamente con linajes indeseables. Margaret Sanger, una eugenicista diligente, fundadora de la Federación Internacional para la Planificación Familiar e íntima de la familia Rockefeller, creó en 1939 algo llamado el “Proyecto negro,” basado en Harlem, que, como confió en una carta a un amigo, todo lo que se proponía era, como dijera, ‘que queremos exterminar a la población negra.’ [11]

Una pequeña compañía de biotecnología de California, Epicyte, anunció en 2001 el desarrollo de maíz genéticamente modificado que contenía un espermicida que esterilizaba el semen de los hombres que lo comían. En esa época, Epicyte tenía un acuerdo de sociedad conjunta para propagar su tecnología con DuPont y Syngenta, dos de los patrocinadores de la cámara de Semillas del día del juicio final en Svalbard. Posteriormente, Epicyte fue adquirida por una compañía de biotecnología de Carolina del Norte. Fue sorprendente saber que Epicyte había desarrollado su maíz OGM espermicida con fondos de investigación del Departamento de Agricultura de EE.UU. [USDA], el mismo que, a pesar de la oposición mundial, siguió financiando el desarrollo de la tecnología Terminator, ahora en manos de Monsanto.

En los años noventa, la Organización Mundial de la Salud de la ONU lanzó una campaña para vacunar a millones de mujeres en Nicaragua, México y las Filipinas entre las edades de 15 y 45 años, supuestamente contra el tétano, una enfermedad que resulta de cosas como pisar un clavo oxidado. La vacuna no fue suministrada a hombres o muchachos, a pesar de que presumiblemente es tan probable que pisen sobre clavos oxidados como las mujeres.

Por esta curiosa anomalía, el Comité Pro Vida de México, una organización católica laica entró en sospechas e hizo que se realizaran pruebas con muestras de la vacuna. Los ensayos revelaron que la vacuna contra el tétano propagada por la OMS sólo para las mujeres de edad de procrear contenían Gonadotropina Coriónica o hCG, una hormona natural que cuando es combinada con un portador de anatoxina tetánica estimula anticuerpos que hacen que una mujer sea incapaz de sustentar un embarazo. No se informó a ninguna de las mujeres vacunadas.

Más adelante se supo que la Fundación Rockefeller junto con el Consejo de la Población de Rockefeller, el Banco Mundial (casa del CGIAR), y el Instituto Nacional de Salud de EE.UU. habían estado involucrados en un proyecto de 20 años de duración iniciado en 1972 para desarrollar la encubierta vacuna abortiva con un portador de tétano para la OMS. Además, el gobierno de Noruega, anfitrión de la cámara de Semillas del día del juicio final de Svalbard, donó 41 millones de dólares para desarrollar la vacuna abortiva especial contra el tétano. (12)

¿Será coincidencia que esas mismas organizaciones, desde Noruega, a la Fundación Rockefeller, al Banco Mundial, estén también involucradas con el proyecto del banco de semillas en Svalbard? Según el profesor Francis Boyle, quien redactó la Ley Antiterrorista de Armas Biológicas de 1989 promulgada por el Congreso de EE.UU.: “el Pentágono se prepara ahora para librar y ganar la guerra biológica” como parte de dos directivas de estrategia nacional de Bush adoptadas, señala, “sin conocimiento y estudio público” en 2002. Boyle agrega que sólo en 2001-2004 el gobierno federal de EE.UU. gastó 14.500 millones de dólares en trabajo civil relacionado con la guerra biológica, una suma asombrosa.

El biólogo de la Universidad Rutgers, Richard Ebright, estima que más de 300 instituciones científicas y unos 12.000 individuos en EE.UU. tienen actualmente acceso a patógenos adecuados para la guerra biológica. Hay 497 subsidios de los NIH (Institutos Nacionales de la Salud) de EE.UU. sólo para investigación de enfermedades infecciosas con potencial para la guerra biológica. Por cierto esto es justificado bajo la rúbrica de la defensa contra posibles ataques terroristas como tantas cosas en la actualidad.

Muchos de los dólares del gobierno de EE.UU. gastados en la investigación para la guerra biológica tienen que ver con la ingeniería genética. El profesor de biología del MIT, Jonathan King, dice que “los crecientes programas de bioterror representan un importante peligro emergente para nuestra propia población.” King agrega: “mientras tales programas son siempre llamados defensivos, con armas biológicas, los programas defensivos y ofensivos se entrecruzan casi por completo.” (13)

El tiempo dirá si, Dios no lo quiera, el banco de semillas del día del juicio final de Svalvard de Bill Gates y la Fundación Rockefeller forma parte de otra Solución Final, involucrando la extinción del difunto, gran planeta Tierra.

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F. William Engdahl, investigador asociado del Centro de Investigación sobre la Globalización (Centre for Research on Globalization (CRG)) es uno de los principales analistas del Nuevo Orden Mundial.
Es autor de A Century of War: Anglo-American Oil Politics and the New World Order, publicado por Pluto Press Ltd. Su nuevo libro, Seeds of Destruction, The Hidden Agenda of Genetic Manipulation, estará disponible en Global Research muy pronto. Sus escritos pueden ser consultados en www.engdahl.oilgeopolitics.net y en Global Research.

http://www.globalresearch.ca/index.php?context=va&aid=7529

Traducción para Rebelión de Germán Leyens.

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martes, 8 de enero de 2008





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NEGOCIO DE MULTINACIONALES


¿Por qué abandoné la teoría del VIH como causa del SIDA? un artículo de la investigadora científica Rebecca Culshaw, que invita a reflexionar sobre el colosal negocio de las multinacionales farmacéuticas

Tras diez años proyectando modelos matemáticos sobre la teoría del VIH como causa de la llamada enfermedad del SIDA Rebecca Culshaw decidió hacer frente a sus propias convicciones y escribió un artículo titulado ¿Por qué abandoné la teoría del VIH como causa del SIDA? En él, desde su experiencia como investigadora del más alto nivel, afirma: "Existen evidencias suficientes para sostener que toda la base de esa teoría está equivocada. El SIDA no es una enfermedad tanto como una estructura sociopolítica que pocas personas entienden y aún menos se cuestionan. El problema de la causa parece estar fuera de toda duda e incluso plantearlo se juzga irresponsable… pero las hipótesis en ciencia merecen ser estudiadas y ninguna debe aceptarse antes de que sea probada; especialmente cuando su aceptación ciega tiene horribles consecuencias".

Han pasado veinte años desde que se nos dijo que un retrovirus bautizado como VIH (Virus de la Inmunodeficiencia Humana) causa una enfermedad llamada Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA) caracterizada porque la persona infectada se queda prácticamente sin defensas y expuesta a adquirir fácilmente cualquier dolencia que alguien sano superaría sin problemas pero a ella puede causarle la muerte. Y lo cierto es que a pesar del tiempo trascurrido los ciudadanos de a pie saben poco más de lo que se les contó en un principio. Eso sí, las autoridades sacuden cada cierto tiempo nuestra conciencia con cifras alarmantes y con la vaporosa promesa de una vacuna que nunca llega a pesar de los miles de millones de euros invertidos en su búsqueda. ¿En la dirección correcta? Al menos en la dirección científica y oficialmente aceptada. ¿La única? Evidentemente no porque un amplio grupo de científicos discrepa de las teorías oficiales. Algunos de ellos eran considerados investigadores de primera línea y gozaban de un gran prestigio... hasta que se atrevieron a disentir de la teoría oficial del VIH como causa del SIDA. Obviamente, como sucede siempre en estos casos, sus argumentos se ocultan y no ocupan una sola línea ni en los medios de comunicación convencionales ni en las grandes revistas científicas.

Podríamos decir que la postura oficial es la representada por John P. Moore, un científico que se encuentra especialmente cómodo escribiendo contra los que disienten de sus opiniones y que ha llegado a afirmar: "Me extenderé muy poco sobre por qué no encuentro apropiado debatir con quienes niegan el VIH y se definen como científicos o se autoproclaman como tales. La principal razón es que no hay nada que debatir. La segunda es que no hay nadie con quién debatir. Uno sólo debería debatir de ciencia con científicos creíbles y ningún científico creíble discutiría el VIH como causa del SIDA". Moore se negaba así a debatir recientemente con Harvey Bialy investigador con más de 30 años de experiencia en Biología Molecular, editor durante 14 años de una de las publicaciones más importantes de Biotecnología y miembro del mismo club de disidentes que los premios Nobel Kary Mullis y Walter Gilbert así como el prestigioso miembro de la Academia de las Ciencias de Estados Unidos Peter Duesberg. Y como Moore, tantos como puedan ustedes imaginarse.

Ahora bien, ¿todos quienes disienten de la explicación oficial opinan lo mismo? No. Algunos niegan que el VIH exista. Otros, en cambio, admiten su existencia pero niegan que sea responsable de lo que se conoce como SIDA. Pero en lo que sí coinciden todos los disidentes es en el carácter dañino de los antirretrovirales. Lo que sucede es que ni unos ni otros tienen demasiada oportunidad de explicarse. Lo que no está evitando que nuevos miembros de la comunidad científica -en un goteo constante- vayan abandonando el privilegiado club de la oficialidad para unirse a las filas de los disidentes. Unos lo hacen en silencio, otros se ven envueltos -por deseo propio o por las circunstancias- en algo más de ruido. Fue el caso de Mark Pierpont. Nombrado coordinador del Programa de Prevención sobre el VIH/SIDA en Florida (EEUU) a los pocos meses de ejercer su cargo -en junio del 99- redactó su carta de dimisión en la que, entre otras cosas, afirmaba: "Tras una cuidadosa investigación está lamentablemente claro que ha existido un cisma en la investigación sobre el SIDA desde el políticamente cargado anuncio del Dr. Robert Gallo al mundo de que el VIH es la probable causa del SIDA (1984). Desgraciadamente sólo una parte de los datos científicos han sido puestos al alcance del público. Parte que es, con mucho, la más poderosa y respaldada por los depósitos financieros de las agencias del Gobierno Federal como los CDC y los NIH que financian la mayoría de las campañas de información y de los programas de investigación. Esta ciencia dominante es promocionada e incluso manipulada por los gigantes farmacéuticos que tienen un motivo obvio de beneficio. El sistema de Salud Pública y las compañías farmacéuticas son la principal fuente de información sobre el SIDA para los proveedores de cuidados de salud y limitan su información a tan sólo una parte del debate científico ignorando e, incluso, suprimiendo la investigación científica contraria. Ayudado por unos medios de comunicación complacientes el Servicio de Salud Pública ha hecho todo para silenciar las opiniones científicas contrarias y, en consecuencia, ha negado a la población su fundamental derecho a un consentimiento informado. Por la presente retiro mi participación de lo que un día puede ser visto como la mayor violación del Principio de Consentimiento Informado en la historia de la Salud Pública. Muy sinceramente. Mark Pierpont". Y claro, cabe preguntarse por qué personas que lo tienen todo van a tirar por la borda su carrera profesional y su prestigio a cambio de nada... salvo que sea por ética y por la convicción personal de defender la verdad.

Bueno, pues ahora le ha tocado el turno a Rebecca Culshaw, bióloga matemática. Su artículo, escrito en la primavera de este año 2006 -y por tanto con todos los datos actualizados-, nos permite conocer un poco mejor el lado oscuro del binomio VIH-SIDA

DE MODELAR EL VIH A RECHAZARLO

Culshaw no ha sido galardonada con el Nobel -ni probablemente lo sea ya- pero los diez últimos años de su vida ha vivido inmersa en el paradigma oficial del VIH = SIDA. Su trabajo ha venido siendo crear modelos matemáticos de la infección, un campo en el que entró en 1996. Sola o en equipo tiene, incluso, trabajos publicados al respecto: "Comparison of optimal treatments for HIV", "Review of HIV Models: The role of the natural immune response and implications for treatment", "Optimal HIV Treatment by maximizing immune response", y algún otro más. Bueno, pues su conclusión final hoy es que la visión oficial es falsa. "Durante este tiempo -afirma- he llegado finalmente a comprender que hay suficientes evidencias que permiten sostener que toda la base de esta teoría está equivocada. El SIDA, no es, según parece, tanto una enfermedad como una estructura sociopolítica que pocas personas entienden y aún menos se cuestionan. El problema de la causa parece estar fuera de toda duda e incluso plantearlo se juzga irresponsable".

Sus razones científicas las ha dejado plasmadas en un artículo titulado Por qué abandoné la hipótesis del VIH-SIDA cuya versión original puede encontrar el lector en www.lewrockwell.com/orig7/culshaw1.html. En él recoge las mismas incertidumbres que comparten otros muchos investigadores y aporta argumentos para el debate que quizás no sean suficientemente conocidos y que merecen el respeto al menos de ser tenidos en cuenta en un debate en profundidad. Por ejemplo, ¿sabía usted que no todos los que tienen el VIH acaban padeciendo SIDA? Probablemente sí, pero, ¿sabía que hay quien tiene el SIDA y no tiene el VIH? ¿O que puede ser usted seropositivo en Gibraltar y no en Málaga? Pues sobre estas realidades habla la particular versión de Yo confieso de Rebecca Culshaw, una carta sincera y clara en su argumentación dirigida al corazón de la comunidad ortodoxa y de todos aquellos que experimentan a diario la duda en las convicciones aceptadas: "¿Por qué nosotros como sociedad hemos aceptado tan rápido una teoría para la que existen tan pocas evidencias sólidas? ¿Por qué tomamos las proclamas de las instituciones gubernamentales como el NIH y el CDC, vía portavoces y organizadores, como muestras de fe? El ciudadano medio no tiene ni idea de cuan débil es la conexión que realmente existe entre VIH y SIDA siendo por eso que frases tan insostenibles como 'el virus del SIDA' o 'la prueba del SIDA' se han vuelto parte de la lengua vernácula común a pesar de que no hay ninguna evidencia de su exactitud."


POR QUÉ ABANDONÉ LA TEORÍA DEL VIH COMO CAUSA DEL SIDA

Cushaw comienza recordando en su escrito de marzo de este año el impacto que causó en la sociedad norteamericana la irrupción de la enfermedad: "Cuando se anunció en 1984 que la causa del SIDA había sido hallada en un retrovirus que llegó a ser conocido como VIH se creó una gran sensación de pánico. Mi propia familia se vio inmediatamente afectada por ese pánico puesto que mi madre había sufrido varias transfusiones de sangre a comienzos de los 80 como resultado de tres abortos. En los primeros días temimos que nos picaran los mosquitos, temimos besarnos y hasta sentarnos en los retretes públicos. Aún puedo recordar el pánico que sentí cuando después de entrar en un baño público leí un graffiti que decía '¿No tienes el SIDA todavía? siéntate en este retrete'".
Sólo tenía diez años y con el tiempo el pánico se redujo a un murmullo. El miedo a ir al baño o al dentista fue reemplazado por una cautela más realista a la hora de practicar el sexo con desconocidos. Más tarde llegaría la traumática experiencia de someterse a los 21 años a la prueba del SIDA por un exceso de preocupación. "Me pasé dos semanas esperando los resultados convencida de que me moriría pronto y de que sería 'todo por mi culpa'". Y eso lo pensaba Cushaw a pesar de no ser drogadicta ni promiscua. Era el miedo. Como era lógico, el resultado fue negativo.

Tiempo después llegaría su dedicación a la Biología Matemática y de ahí ¡a los modelos matemáticos de la infección del VIH y la respuesta inmunológica! "Como matemática encontré que virtualmente cada modelo que estudiaba era poco realista. Las asunciones biológicas en que los modelos estaban basados variaban de autor a autor y eso no tenía ningún sentido para mí". Diez años trabajando día y noche en torno al VIH. Todo ello para al final rendirse a las evidencias o a los argumentos que ella considera como tales. Diez años para contestar en voz alta la pregunta más importante de su vida. "Así que ¿por qué ahora y sólo ahora he decidido que ya es bastante y no puedo por más tiempo continuar apoyando el paradigma sobre el cual mi carrera entera se ha construido?"

Cushaw describe su experiencia personal que, por supuesto, no es única: "El SIDA hoy tiene poco o ningún parecido con el síndrome para el que fue nombrado. En primer lugar la definición ha sido cambiada por el CDC varias veces extendiéndose para incluir más enfermedades (todas las cuales existían desde mucho antes del SIDA) y a veces a ninguna enfermedad en absoluto. Más de la mitad de todos los diagnósticos de SIDA en los últimos años en Estados Unidos han sido hechos en base a una cuenta de las células T y a una 'confirmada' prueba de anticuerpos positiva. En otras palabras, una enfermedad mortal ha sido diagnosticada una y otra vez en ausencia total de enfermedad clínica".

Todo comienza pues en el diagnóstico. Neville Hodgkinson, un periodista británico, sostiene en su artículo Sida: una catástrofe ¿viral o científica? lo siguiente: "La teoría del VIH como causa del SIDA ha cubierto ciertas necesidades de salud social y pública pero la comunidad científica no ha reconocido los serios fallos que existen en ella y en la práctica médica derivada de la misma; en particular su fracaso para validar la prueba de 'diagnóstico del VIH' con el aislamiento del virus. Se pueden haber interpretado mal signos genéticos y químicos producidos por las células inmunes caotizadas como evidencia de la presencia de un virus letal".

De hecho no existe un modelo unificado que explique el mecanismo biológico real del VIH. "La razón por la que no había ningún acuerdo general matemático acerca de cómo el VIH mata a las células T -explica Cushaw en este punto- era porque no había ningún acuerdo general biológico. Y no lo hay todavía. El VIH es posiblemente el microorganismo más estudiado de la historia -ciertamente es al que más fondos se han dedicado- a pesar de lo cual no hay todavía ningún acuerdo sobre el mecanismo de patogénesis. Peor que eso: no hay ningún dato para apoyar la hipótesis de que el VIH mata las células T en absoluto. No lo hace en el tubo de ensayo. Él, básicamente, sólo se asienta allí como hace en las personas... si es que llega a encontrarse. En 1984 Robert Gallo afirmó que había 'probado' que el VIH causa SIDA. Sin embargo, el actual VIH puede ser encontrado sólo en 26 de cada 72 pacientes de SIDA. Hasta la fecha el VIH permanece siendo un blanco huidizo en aquellas personas diagnosticadas con SIDA o simplemente seropositivos".

Es la doble cara del SIDA. Por un lado la pública, donde todo parece seguro, conocido y controlado por las autoridades. Sin embargo existe una realidad que se oculta. Liam Scheff, otro periodista investigador en temas de salud que lleva años dedicado a estudiar el tema del SIDA, ha escrito en La cara oculta del SIDA: "Cuando se pasa de los titulares te dirán, imperturbablemente, que las pruebas del VIH no están estandarizadas, que se interpretan arbitrariamente, que no se requiere tener VIH para padecer SIDA y, finalmente, que el término VIH no describe una sola entidad sino una colección de material celular no-específico de reacciones cruzadas".

Pero, ¡bueno! ¿Acaso no está montado todo el edificio de la atención farmacológica sobre los tests y las pruebas diagnósticas? ¿Cuántas vidas se habrán destrozado entonces en el caso del SIDA por presentar como definitivos unos resultados que varían de un lugar a otro y además dependen de quien los interpreta?

"Acerca de las pruebas realizadas para medir la llamada 'carga viral' -escribe Cushaw- la mayoría de las personas no es consciente de que ni son pruebas autorizadas para medir la carga viral ni están recomendadas por la FDA para diagnosticar la infección de VIH. Ello es así porque un 'test' del SIDA no es sino una prueba de anticuerpos. Se usa carga viral, sin embargo, para estimar el estado de salud de aquéllos diagnosticados como VIH-positivos. Pero hay muy buenas razones para creer que no funciona en absoluto. La carga viral usa el PCR o una técnica llamada amplificación de ADN (bDNA). El PCR es la misma técnica usada para recoger el ADN de las huellas dactilares en las escenas de un crimen. El PCR fabrica en serie ADN o ARN, esencialmente para que pueda verse. Si algo tiene que ser fabricado en serie para incluso ser visto y el resultado de esa fabricación en serie se usa para estimar qué cantidad de patógeno hay en el organismo eso podría llevar a una persona a preguntarse cómo de relevante era el patógeno en un principio. Específicamente, ¿cómo pudo algo tan difícil de encontrarse, incluso usando la tecnología más sensible y sofisticada, diezmar completamente el sistema inmune? El bDNA, mientras, no amplifica nada como en el caso de la PCR, sólo busca los fragmentos de ADN que se creen son componentes del genoma de VIH pero eso no está probado. No hay ninguna evidencia que permita sostener que esos fragmentos no puedan existir en otras secuencias genéticas no relacionadas con el VIH o con cualquier otro virus. Es importante en este punto señalar que la carga viral a estas alturas, como las pruebas de anticuerpo, nunca han sido contrastadas con la norma de oro del aislamiento del VIH. El bDNA usa el PCR como norma de oro o verificación, el PCR usa pruebas de anticuerpo como norma de oro y las pruebas del anticuerpo no usan nada. Ninguna usa el propio virus VIH como contraste de confirmación".

Es más, el mismísimo premio Nobel Kary Mullis, inventor de la PCR, ha afirmado públicamente que es imposible que su técnica sirva para poder decirle a alguien que es portador del VIH. Llegando a afirmar que habría renunciado al Nobel de haber sabido el uso que se le iba a dar a su invención. De hecho, en el prólogo que escribió al libro de Peter Duesberg, afirma: "Ni Duesberg ni yo podemos entender cómo ha surgido esta locura (...) Sabemos que errar es humano pero la hipótesis VIH/SIDA es un error diabólico". ¿Y qué decir de los tests? "Hay una buena razón -señala Cushaw- para creer que las pruebas de anticuerpos tampoco son fiables. Los dos tipos de pruebas rutinariamente usados son el ELISA y el Western Blot (WB). El protocolo de comprobación actual es verificar un ELISA positivo con el Western Blot, 'más específico' (test que, sin embargo, está prohibido actualmente en Gran Bretaña por inestable). Pero pocas personas saben que el criterio para un Western Blot positivo varía de país a país e, incluso, de laboratorio a laboratorio. Dicho bruscamente, el estado VIH de una persona podría cambiar dependiendo del lugar donde se realice la comprobación".

Aunque lo más grotesco de todo es que ni los propios laboratorios fabricantes de tales tests osan afirmar que sirven para decidir si alguien tiene el VIH. De hecho los fabricantes del ELISA han llegado a declarar: "Actualmente no existe un estándar reconocido para establecer la presencia o ausencia del anticuerpo VIH-1 en la sangre humana. Por tanto la sensibilidad se ha determinado a partir de diagnósticos clínicos de SIDA y la especificidad se ha establecido en base a donantes aleatorios".

Otra científico disidente, la doctora Eleni Papadopulos, expuso en la XI Conferencia Internacional del SIDA en Ginebra tras una década de investigación su convicción de que el VIH no ha sido aislado y por tanto no puede disponerse de elementos para fabricar tests de anticuerpos, realizar mediciones de carga viral o preparar iniciadores para la PCR. Incluso el archiconocido doctor Luc Montagnier -considerado codescubridor del VIH- reconoció en una entrevista publicada en 1997 que él no había aislado ningún virus ni establecido relación alguna con el SIDA. De hecho Montaigner pasó a sostener hace ya tiempo que el SIDA no podía explicarse sólo en relación con el VIH y era preciso algo más, indefinido hasta el momento.

El ya mencionado Liam Scheff, refiriéndose a los tests, afirma con ironía al respecto: "Si la leyes del comercio fueran aplicadas con igualdad la campaña 'Conocer es bueno' para fomentar los tests del SIDA tendría que llevar una advertencia similar a la del tabaco que dijera: 'Este test no le dirá si está usted infectado/a por un virus. Quizás le confirme que está embarazada, que ha consumido droga o alcohol, que ha sido vacunado/a: que tiene un resfriado, una enfermedad hepática, artritis o que está estresado/a o hambriento/a o cansado/a. O que es usted africano. No le dirá si usted va a vivir o a morir. De hecho nosotros realmente no sabemos después de todo lo que significa realmente dar positivo o negativo".

"Lo que no puedo admitir -concluye Rebecca Cushaw este apartado de su explicación- es la idea de que nadie a título individual necesite hacerse un test diagnóstico de VIH. Una prueba negativa puede no ser exacta (cualquier cosa que eso signifique) pero una positiva puede causar unos estragos absolutos y la destrucción de la vida de una persona. Y todo por un virus que es más que probable que no haga absolutamente nada. No creo que haya que añadir mucho más para afirmar que estas pruebas deben prohibirse para propósitos de diagnóstico".

¿Y qué pasa entonces con África? ¿De dónde salen los millones de personas que la OMS dice que están allí infectadas y esperando la muerte? El África subsahariana continúa siendo la región más afectada en el mundo según los datos oficiales. El 64% de las nuevas infecciones (más de tres millones de personas) ocurren en esta parte del mundo donde ya viven 28,5 millones de ciudadanos con VIH. Pues como con el resto de lo que tiene que ver con el VIH-SIDA es preciso pasar de los grandes titulares -con los que solemos conformarnos- a la realidad sobre el terreno, una realidad de enfermedades endémicas, hambre, miseria y dinero. Mucho dinero... pero para el SIDA. Roberto Giraldo, otro de los médicos investigadores del club de los disidentes, ya alertó de esta situación en su trabajo La industria del SIDA en Africa: un negocio redondo donde, entre otras cosas, escribió: "Puesto que en la mayoría de los países africanos las pruebas del VIH son demasiado costosas como para que su uso se generalice el SIDA se ha venido diagnosticando según los lineamientos establecidos por la OMS, los que se conocen como "Definición Bangui del caso clínico". Para que una persona se califique como de diagnóstico positivo de SIDA debe presentar una combinación de síntomas tales como pérdida de peso, diarrea persistente y fiebre de un mes de duración así como tos seca. El problema con un diagnóstico sintomático VIH tal es que muchas de sus características difícilmente pueden distinguirse de las de otras antiguas enfermedades como la tuberculosis y la malaria. Además la prueba que se está practicando en África tampoco está exenta del peligro de arrojar resultados exagerados. Según el doctor Harvey Baily, 'algunas de esas pruebas son tan inespecíficas que entre el 80 y el 90% de los resultados positivos son falsos positivos'. Con el resultado inevitable de que las cifras de infecciones VIH en África han resultado desatinadamente exageradas alimentando el autocumplimiento de la letal profecía".

Y añade Giraldo, él sí conocedor de la materia y no quienes se limitan a enjuiciar el problema a través de imágenes o titulares de prensa: "Hoy día los jóvenes africanos rehúsan buscar atención médica para las enfermedades tradicionales debido al temor de ser señalados como casos de SIDA. Al mismo tiempo, como anotaba el Ministro de Salud y Cuidado de la Niñez en Zimbabwe, la OMS y la 'industria del SIDA' han patrocinado una dañina epidemia de 'VIH-itis' en África trayendo como consecuencia el desvío del dinero, la atención médica y el personal de salud de los problemas ya conocidos como la malaria, la tuberculosis, las enfermedades de transmisión sexual y una maternidad segura".

Es curioso, por cierto, que el abordaje con fármacos del SIDA siempre llegue precedido de mejoras nutricionales en las poblaciones afectadas. Cualquier mejora en la comida y el estado del agua es evidente que redunda en una mejora global del estado físico. Si la alternativa fuera tener malaria o cualquier otra enfermedad endémica y no ser tratado ni alimentado... o declarar su malaria como parte del SIDA y así comer y ser tratado, ¿usted qué opción escogería, amigo lector? Pues eso es lo que pasa en África a diario.

Claro que el SIDA en Occidente quizás haya servido también para otro tipo de instrumentalización médico-política, sin querer entrar en el origen de tan enigmático síndrome. "El VIH, durante muchos años, ha cumplido el papel de un terrorista microscópico -reflexiona Cushaw-. Las personas han perdido sus trabajos, se les ha negado la entrada en las Fuerzas Armadas, se les ha negado la residencia en el país y la entrada en algunos países. Incluso han sido acusadas con cargos de asalto o asesinato por tener sexo consentido; se ha separado a los bebés de sus madres y se les ha suministrado medicaciones tóxicas a la fuerza. No hay ningún precedente para este tipo de comportamiento. Y todo en nombre de una no probada y frágil hipótesis que se basa en pruebas altamente sospechosas y tests indirectos para una supuesta infección por un, según se alega, virus mortal. Virus que sin embargo nunca se ha observado que haga mucho de nada".

Obviamente los nombres y argumentos expuestos en este artículo son estigmatizados por quienes dominan el sistema sanitario. Y cualquiera puede encontrar un millón de páginas más dedicadas a la teoría oficial que a los planteamientos disidentes. Claro que por cada dólar del que éstos disponen para explicar sus razonamientos los oficialistas cuentan con cientos de millones y una amplia influencia en los medios de comunicación. Hay incluso quienes piden la cárcel para ellos por "irresponsables" y por criticar los tratamientos actuales.

"Las víctimas reales en este enredo -dice Cushaw- son aquellas cuyas vidas son puestas del revés por el estigma de un diagnóstico de VIH. Esas personas, la mayoría de las cuales están completamente sanas, son animadas a evitar la intimidad y, aún más, se culpabilizan de haber sido de algún modo muy tontos y descuidados. Peor aún: se les anima a que tomen dosis diarias enormes de algunas de las drogas más tóxicas jamás fabricadas (…) Porque la causa principal de muerte entre los VIH-positivos en estos últimos años ha sido el fracaso hepático. No una enfermedad definida como SIDA sino un efecto colateral reconocido de los inhibidores de proteasas que los individuos asintomáticos toman diariamente en dosis masivas durante años".

¿Tienen razón los disidentes? Hay algo evidente a su favor: el hecho de que llevan años jugándose su prestigio profesional y personal enfrentándose con quienes se están enriqueciendo día a día desde hace dos décadas con el SIDA y se niegan a salvar las vidas de los presuntos infectados con sus productos si no es a cambio de dinero. Sólo eso ya hace los disidentes merecedores de al menos unos minutos de reflexión.

"Después de diez años involucrada en el lado académico de la investigación del VIH así como ampliamente en el mundo académico -concluye Cushaw su alegato sobre el abandono de la teoría oficial- creo de verdad que el reproche por la aceptación universal, incondicional y basada en la fe de tal teoría sin bases recae pesadamente sobre los hombros de aquéllos de entre nosotros que han vinculado activamente una hipótesis completamente sin probar con el afán de prosperar en sus carreras. Claro, las hipótesis en ciencia merecen ser estudiadas pero ninguna hipótesis debe aceptarse como hecho antes de que sea probada, particularmente una cuya aceptación ciega tiene consecuencias tan horribles (…) Yo no puedo por más tiempo permanecer sentada y no hacer nada contribuyendo a esta locura. Y la locura ha durado ya bastante tiempo. Como humanos -como académicos honrados y científicos- lo único que podemos hacer es permitir que la verdad vea la luz"

Antonio F. Muro

DiscoverySalud/ inSurGente


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lunes, 7 de enero de 2008





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El poder de las multinacionales

Las 200 empresas multinacionales más poderosas dictan la política mundial y el comportamiento de gobiernos y ejércitos. Son el verdadero poder que mueve los hilos del planeta.

Después de algunos titubeos, la palabra globalización se ha impuesto, diríase que definitivamente, para designar los cambios económicos producidos en las dos últimas décadas del siglo XX, y los cambios políticos, sociales y culturales relacionados. Puede que la impresionante manifestación de Seattle contra la reunión de la Organización Mundial del Comercio haya sido el momento simbólico de una toma de conciencia colectiva e internacional.

Antes de la que ha dado en llamarse "primera movilización del siglo XXI", hubo otras acciones que se describieron como protestas o revueltas contra la globalización, pero lo eran en un sentido objetivo, por así decir, independiente de la intención explícita de los protagonistas. En cambio, en Seattle había ya conciencia de resistir y protestar contra la globalización capitalista, y conciencia del ámbito realmente global de la protesta.

Polémicas

Podemos considerar casi zanjada la polémica que se venía desarrollando en los medios de izquierda acerca de la realidad o no de una globalización entendida como una etapa especial, como un salto, en la evolución económica del sistema dominante, que se habría producido más o menos en el último cuarto del siglo que acaba y vendría a definir los datos de partida del nuevo siglo, del que comienza. En la polémica de los años noventa, algunos autores vinculaban las posiciones de izquierda a la negación de la globalización: "un mito" según algunos, "nada más que imperialismo" según otros. El último libro de Marta Harnecker todavía rinde cuentas de esta polémica, y cita a Hirst y Thompson como los más voluntariosos defensores de esta negación, y muy merecidamente a François Chesnais como el especialista que más ha hecho para que la realidad de la globalización fuese aceptada y considerada desde una óptica marxista.

La verdad de esa larga polémica es que quienes, desde la izquierda, se obstinaban en negar la realidad de un salto en la interpenetración mundial del capitalismo, en el proceso histórico de formación de un mercado mundial o en la división internacional del trabajo, lo que realmente lograban demostrar eran las limitaciones y las contradicciones del salto dado. Ciertamente, la globalización del sistema capitalista no es la creación de un ámbito económico mundial barrido por corrientes niveladoras, integradoras y enriquecedoras, como pretenden los entusiastas del mercado. De un lado tiene limitaciones insalvables, por ejemplo, el porcentaje de la producción mundial destinado a la exportación, aún hoy, ronda tan sólo el 15%(3). De otro lado, presenta desigualdades crecientes, pues el comercio mundial (en más de un 50%) y la inversión de capital en el extranjero (en más de un 75%) se concentran en tres únicos polos: EEUU, Japón y la UE. Y excluye áreas enormes del planeta, en África por ejemplo, marginándolas de los flujos de mercancías y de capitales. Negando los mitos de la globalización, este sector de la izquierda cayó en pensar que la propia globalización era un mito. Queriendo destacar las limitaciones y contradicciones del hecho, vino a decir que el hecho no existía. Hoy las cosas están más en su punto: la globalización es una realidad económica, un verdadero salto en la concentración mundial del capital, pero un hecho contradictorio, atravesado por fuertes corrientes desniveladoras, desintegradoras y excluyentes de países y de seres humanos.

Hasta hace poco la izquierda mantenía viva otra polémica. La globalización económica, para algunos, vendría a ser un resultado perverso de las políticas neoliberales de ciertos gobiernos de la derecha. Y apenas nada más. Quizá James Petras fuese el más conocido defensor de este punto de vista. La conexión compleja entre los hechos económicos, sociales y políticos, los cambios tecnológicos, los efectos de la concurrencia capitalista sobre la concentración de los capitales, el agotamiento de otras vías de desarrollo del capitalismo, etc., se dejaba entonces en la sombra. Pero ahora asistimos a una conciencia mayor en los movimientos sociales y partidos de la izquierda, del carácter "global" de la propia globalización, en el sentido de que se trata de un proceso con dimensiones políticas, pero también técnicas, económicas, sociales y culturales; en definitiva, de un giro histórico notable del capitalismo. Si admitimos que la cumbre internacional convocada desde Chiapas fue, antes de Seattle, la convocatoria más significativa de los tiempos que corren, cabe recordar su lema: Por la humanidad contra el neoliberalismo.

Poner la atención en las políticas neoliberales, con preferencia a la globalización, era característico de toda la izquierda de los años noventa. En Seattle, en cambio, la protesta contra las nuevas propuestas "liberalizadoras" de la Organización Mundial del Comercio ya se llamó protesta contra la globalización.

Es un progreso. A través de las polémicas, la izquierda está admitiendo que la globalización designa un giro económico notable en el desarrollo del sistema capitalista y está ya investigando sus características, sus efectos de todo orden y buscando las mejores estrategias a seguir.

Empresas mayores que Estados

Además, las primeras definiciones de la globalización eran todavía muy abstractas. Manejaban conceptos demasiado amplios de manera muy poco precisa: "subordinación de la política a la economía", "funcionamiento del capital como unidad mundial en tiempo real", "capitalismo especulativo", o la que hizo mayor fortuna: "dictadura de los mercados". En los últimos tiempos se suele identificar con otra idea: "la economía Internet" o "nueva economía". Cada una de estas definiciones pone el acento en una particularidad real de la globalización, y ofrece un punto de partida para su investigación en profundidad. Pero poco a poco, todas estas líneas de investigación han ido confluyendo en torno a un hecho primordial, el más fundamental de esta etapa económica: el dominio abrumador de un reducido número de empresas transnacionales de dimensiones gigantescas, mayores que Estados, sobre la producción, el comercio y las finanzas mundiales.

La concentración del capital mundial en estos grupos o Compañías, en una proporción aplastante, que implica modificaciones de todo tipo, en la economía, en la sociedad, en la vida política, en la cultura, etc., es seguramente el aspecto más definitorio de la globalización. Se trata de algo muy concreto. Aproximadamente un tercio de todo el comercio mundial se realiza dentro de las 37.000 "multinacionales" censadas en 1994, entre sus casas matrices y sus filiales, y otro tercio entre unas y otras, en definitiva dentro del sector multinacional.

Pero incluso estas cifras son pobres para retratar la realidad de la globalización. Hay que quedarse con las 200 mayores empresas, por ejemplo, para lograr una imagen realista del sistema económico que gobierna la vida material de los seis mil millones de seres humanos que habitamos este planeta. Clairmont y Cavanagh tienen el mérito de haber señalado a los verdaderos amos del mundo, al revelar el poder real, concreto, físico, de los 200 mayores grupos transnacionales. La cifra de negocio anual de estos gigantes es nada menos que la cuarta parte (26,3%) de la producción mundial, crece a un ritmo doble de lo que crece el Producto Interior Bruto de los 29 países industrializados que integran la OCDE, y supera ya a la producción total sumada de los otros 182 países que no forman parte de la OCDE, pero donde vive la inmensa mayoría de la humanidad.

Aquí no estamos ya en el terreno de los conceptos, sino en el de las fuerzas físicas, con sus nombres y apellidos y sus modos de actuar, confrontados a la realidad de un poder que se eleva sobre todos los demás poderes humanos de una manera muy clara y agresiva. Por eso no es un slogan izquierdista ni una frase de efecto decir que la globalización es la dictadura económica mundial de 200 multinacionales, más o menos. Y poco a poco, entre las fuerzas sociales y políticas que resisten a los efectos de la globalización y se preguntan sobre las alternativas, se está llegando precisamente a esta conclusión.

Nombres y apellidos

La lista de estos 200 gigantes está en perpetuo movimiento, precisamente porque las fusiones y absorciones entre ellas, y entre las mayores de ellas, constituyen uno de los medios principales de mantenerse en la cumbre de esta pirámide del poder económico. Pero, para dar nombres, enumeremos, por ejemplo, a algunas de las mayores empresas transnacionales de carácter no financiero: Shell, General Motors, Ford, Exxon, IBM, Exxon, AT&T, Mitsubishi, Mitsui, Merck, Toyota, Philip Morris, General Electric, Unilever, Fiat, British Petroleum, Mobil, Nestlé, Philips, Intel, DuPont, Standard, Bayer, Alcatel Alston, Volkswagen, Matsushita, Basf, Siemens, Sony, Brown Bovery, Bat, Elf, Coca-Cola... entre las clásicas; Microsoft, Cisco, Oracle, entre las nuevas. Entre los bancos: IBJ/DKB/Fuji, el Deutsche, BNP/Paribas, UBS, Citigroup, Bank of America, Tokio/Mitsubishi...

¿Dimensiones de estos gigantes? Si nos atenemos a sus ventas, las de General Motors han superado la producción nacional de Dinamarca y de cerca de otros doscientos países. Si nos fijamos en su valor bursátil, sólo había en marzo de este año, en todo el mundo, diez Estados cuya producción nacional superase en valor al de las acciones de la empresa de sistemas de Internet Cisco Systems. Si hablamos de beneficios, los que repartió entre sus accionistas la General Electric en 1997 superaban la producción anual compartida por los 40 millones de habitantes del Congo-Zaire. Si hablamos de empleados, los de la General Motors superan a las fuerzas armadas de muchos Estados del mundo.

Pero detrás de los nombres de las empresas que dominan el mundo están los nombres y apellidos de sus propietarios. Y llegados a este punto, la globalización nos enfrenta con una oligarquía mundial de una riqueza y de un poder tan concentrados como no se vieron en ninguna otra etapa histórica de la humanidad. Casi nada queda de la vieja aristocracia de siglos atrás, si no tuvo la precaución de participar de las grandes empresas capitalistas, cosa que sí han hecho las familias reales de Gran Bretaña y Holanda, o algunas dinastías árabes. Estas dinastías supieron transformar sus viejos privilegios de sangre en acciones contantes y sonantes. Pero ahora el sistema capitalista creó a lo largo del siglo XX nuevas dinastías, mucho más poderosas que las de siglos atrás. Sus apellidos ya no nos remiten a unas tierras, sino a un automóvil, un chocolate, una nevera o una cerveza. Entre los más ricos de los ricos, muchos nombres de familia están en los escaparates del capitalismo: Guinness, Ford, Philip, Merck, Ferrero, Henkel, Peugeot, Bosch, Dassault, Michelin, Heineken o Barilla... Son sus mayores accionistas. Y hay otros apellidos no menos, sino más conocidos que los nombres de sus empresas, como el del ser humano supuestamente más rico del mundo, al menos hasta este mes de abril: Billy Gates (Microsoft), o el famosísimo especulador Georges Soros, o Larry Ellison, de Oracle, que según dicen ha destronado a Gates. En fin, junto a estos novísimos ricos hay familias industriales y financieras muy antiguas, casi con solera: las de los Agnelli, amos de la Fiat, los Quandt (40% de BMW), los Rothschild, los Rockefeller de la Stardard Oil, en España los Botín del BSCH. Cuando se cita ese dato espeluznante de que 225 de entre estos multimillonarios poseen fortunas personales superiores a los ingresos anuales de 2.500 millones de personas, las más pobres del planeta, hablamos de su injusta e insultante riqueza. Pero cuando los relacionamos con la propiedad de esas 200 empresas que concentran una desproporcionada parte del capital mundial, entones hablamos ya de su poder, no sólo de su riqueza. Más escandalosa que su riqueza es el hecho de que, para mantenerla y acrecentarla, dirigen en provecho privado una parte tan notable de la fuerza productiva de la humanidad, que convierte al resto de las personas en súbditos suyos, y como tales, explotados, expoliados o empobrecidos.

Mercado y monopolios

Explicar la globalización como un triunfo del mercado no deja de ser una ironía. Estamos hablando de empresas cuyo dominio sobre el mercado presenta muy pocas fisuras. A través de una escalada de macrofusiones, va quedando en cada sector económico un número tan reducido de empresas que, por acuerdo mutuo, están en condiciones de determinar para bastante tiempo, no sólo los precios de venta, sino incluso los precios de compra. Imponen a las empresas menores que les suministran materias primas y auxiliares, componentes y productos semiacabados, precios de compra imposibles. Se habla de "triunfo del mercado" en un sentido propagandístico, cuando los gobiernos desmantelan los viejos monopolios nacionales y liberalizan el sector. Pero la consecuencia es la ocupación del sector, a una escala continental o mundial, por media docena de compañías multinacionales que dejan muy poca libertad al mercado. Con ocasión de la reciente fusión entre Volvo y Renault, se hizo patente que entre sólo tres grupos transnacionales copaban el 65% de todo el mercado mundial de camiones. Y entre cinco cubren casi el 60% del de automóviles. Las 10 primeras empresas de comunicaciones controlan el 86% del mercado...

Pero la conciencia de que la globalización no es tanto libertad de mercado como concentración monopolista de alcance mundial está sobre todo vinculada al proceso que las autoridades norteamericanas de vigilancia de la competencia emprendieron contra Billy Gates y su empresa Microsoft. La política de Billy Gates, que encarna como nadie al capitalismo actual, es un ejemplo de utilización de una elevadísima cuota de mercado (en este caso en Software) para imponer otro producto suyo (Explorer) contra los de la competencia. Este poder puede servir para innovar (en teoría), lo mismo que para controlar y suprimir, si cabe, la investigación. Precisamente la creciente importancia de la conexión informática entre empresas y particulares se ha convertido en un terreno especialmente propicio para prácticas monopolistas. La red que, en principio parecía un nuevo espacio de libertad, es objeto hoy de la especulación de las mayores empresas del mundo, en casi todos los sectores. Aspiran a convertirla en una red cautiva desde la cual imponer la circulación de sus productos y excluir los de la competencia.

Especulación y producción

Los primeros análisis de la globalización comenzaban por destacar, sobre todo, la amplitud y la violencia de los movimientos especulativos del capital, a lo ancho del mundo, y las dimensiones del capital de especulación, que apenas entraba en la inversión productiva. La importancia del fenómeno era tal que algunos vieron la globalización como un capitalismo donde el beneficio especulativo dirigiría la producción. Se ponía tanto énfasis en este aspecto parcial de la realidad, que a veces se ocultaba la otra cara de la moneda: que este parásito insaciable que es el capital especulativo, no puede alimentarse de meros títulos (acciones, bonos, etc.) sino que devora materia viva. Por grande que sea la especulación, no vive del aire, sino que consume la parte de la producción que queda como beneficio de las empresas. El capital ocioso sólo puede reventar como un globo vacío o vivir alimentándose de las ganancias del capital productivo (del que es un parásito).

Poco a poco ha ido quedando también más claro que los agentes principales de la especulación son las mismas empresas multinacionales, financieras o no. La inversión meramente especulativa es una parte complementaria de la actividad económica principal de casi todas estas 200 empresas, financieras, industriales, o comerciales, hacia la que canalizan su capital "sobrante" (que no pueden invertir con los mismos márgenes de ganancia en su actividad principal) o inmovilizado, como ocurre con los fondos de pensiones. Como la mayor parte de los movimientos especulativos son anticipaciones de decisiones de política industrial o comercial, los grupos transnacionales se parecen a aquellos que en las apuestas sobre carreras y combates son a la vez apostadores y competidores, por lo que ganan casi siempre. Las compras o ventas de títulos, divisas, bonos, etc., por parte de los especuladores ligados a las grandes transnacionales anticipan las fusiones, ampliaciones o crisis de sus propias empresas, sea para ampliar las ganancias, sea para compensar las pérdidas.

En los últimos años se ha hablado sobre todo de estos fondos privados de pensiones. Los fondos de pensiones están formados por una parte del salario aplazado del trabajador, que la empresa negocia en la esfera financiera, antes de retornarlo a sus asalariados (si no hay quiebra) como pensión de jubilación. Parece que las dimensiones de estos fondos superan ya las de los bancos. Los de las tres grandes del automóvil norteamericano (Ford, General Motors y Chrysler) en 1995 doblaban de sobra "las reservas del Estado japonés, que es el Estado que tiene más reservas en el mundo".

Más recientemente destacan los intentos de las grandes empresas de pagar a sus empleados en acciones a largo plazo (Telefónica), convirtiendo así una parte del salario en capital de especulación, animando la tendencia observable en Estados Unidos a convertir el ahorro popular en capital de especulación, incluso de especulación de alto riesgo.

Colonización y destrucción de recursos

Las multinacionales tienen patria: la de sus propietarios mayoritarios. De eso no debe caber la menor duda. Las 200 mayores tienen sus sedes bien establecidas en tan sólo 17 países de los 211 Estados independientes que cuenta la tierra. Pero 176 de ellas, según Clairmont, están radicadas en sólo 6 potencias financieras. Bastante más de una tercera parte (74) son norteamericanas. Para que no quede duda de que se trata de lo más parecido a un club de 200 bandidos, la única multinacional española contada entre ellas es Telefónica, es decir una empresa cuyos beneficios están asociados, según los sindicatos, a la sobreexplotación del trabajo precario; según los consumidores, al monopolismo y al fraude; según los países latinoamericanos donde se ha instalado, al colonialismo; una empresa en cuya dirección reina, según los partidos de izquierda, el nepotismo político y la corrupción.

Después de Estados Unidos, el Estado donde están radicadas más multinacionales es Japón, con 152 de las 500 mayores no estadounidenses; hay 75 inglesas, 47 francesas, 42 alemanas, 22 canadienses, y 15 italianas, por lo que el Grupo de los Siete (el G-7) viene a representar al 80% de las multinacionales. Fuera de este grupo, apenas Suiza, Corea, Suecia, Australia, y Holanda pasan de la docena.

El caso es que la nacionalidad de las 200 multinacionales traza un mapa del reparto del poder en el mundo entre los Estados, con más precisión que cualquier otra circunstancia económica (demografía, crecimiento de la producción, recursos naturales, nivel cultural...).

Todos sabemos el peso de la tecnología en la eficiencia productiva. Imaginemos que un Estado quiere competir en este terreno, dedicando medios humanos y financieros a la investigación. ¿Pero acaso un Estado, como fuerza económica, puede medir sus recursos con los de uno de estos gigantes del capital privado, capaz de monopolizar la investigación científica en varios países? Hoy los países industrializados acaparan el 97% de las patentes, monopolizando el progreso.

Como consecuencia, la desigualdad entre países ricos y pobres no puede verse como un punto de partida. Debe considerarse como un efecto constante y creciente del sistema económico mundial. Si en 1960, el 20% más rico de la humanidad disponía de una riqueza 30 veces mayor que el 20% más pobre, hoy la proporción es de 74 veces.

El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, teóricamente creados para facilitar el crédito a los países necesitados para su desarrollo o en crisis y emergencias, se convierten en instituciones que indirectamente potencian el dominio de las grandes multinacionales. Naciones que son por recursos naturales y humanos verdaderas potencias, como Brasil, México o Pakistán, permanecen sometidas a través del crédito (la Deuda externa). El crédito se renueva sobre la base de condiciones cada vez más duras y precisas, pero siempre favorables a la implantación de las multinacionales de los países acreedores en los países deudores. Y la ayuda al desarrollo, nada generosa, se utiliza con los mismos fines. De este modo, las líneas aéreas, telefónicas, eléctricas, férreas, y hasta la tierra, los bosques y los ríos de los países más poblados del mundo van pasando a manos de las compañías transnacionales, acentuando su dependencia económica y sus dificultades para abordar un desarrollo autónomo y sostenido.

Las movilizaciones del pueblo mapuche contra la presa de Biobío, de los bolivianos de Cochabamba contra las tarifas del agua, han sacado a la luz el poder que las multinacionales (en estos casos españolas: la FECSA-Enher en Chile, y la Abengoa en Bolivia) han llegado a adquirir en estos países y en muchos otros, y de la manera destructiva en que lo utilizan. En los gravísimos conflictos por la tierra que vive Latinoamérica desde México hasta el sur de Chile, en la resistencia a la deforestación de sus selvas, en las luchas en torno a los precios del café o de otros productos agrícolas, lo que subyace es la penetración de capital transnacional interesado en el control de las materias primas del planeta. Como poderes extranjeros arrasan la cultura y la naturaleza que encuentran a su paso, con más violencia que los conquistadores de hace cinco siglos. El peso adquirido por las multinacionales bien podría llamarse recolonización. Las cadenas del viejo colonialismo militar, tras un paréntesis de independencia, reaparecen en la etapa de la globalización como cadenas financieras y económicas, pero no por ello menos pesadas.

Deslocalización, paro y precariedad

El efecto social que nos es más próximo es el crecimiento del paro y la precariedad, cuyo salto en las últimas décadas debe considerarse el reverso de la concentración del capital internacional que llamamos globalización.

La globalización no extiende la producción, la concentra. Incluso los momentos de auge económico de las últimas tres décadas presentan índices de crecimiento de la producción inferiores a los de las dos décadas anteriores. Al concentrarse la producción, aumenta la productividad del trabajo, pero al precio de expulsar mano de obra en proporciones siempre mayores hacia empleos menos cualificados y peor pagados, precarios o sencillamente al paro. Las reformas laborales que han ido recortando los derechos adquiridos de los trabajadores a fuerza de luchas sindicales y políticas, han sido hechas para adaptar la legislación a las condiciones que querían imponer las mayores empresas.

Desde los primeros años ochenta, todavía antes de que se produjesen los cambios de legislación laboral más importantes en Europa, se hizo notar una característica del capital transnacional: su deslocalización, su facilidad, no absoluta por supuesto, pero sí real, de desplazar sus inversiones productivas de un país a otro, de una ciudad a otra, a la busca de las llamadas "ventajas comparativas". Y entre ellas, una legislación laboral ventajosa para la empresa era y es una de las más importantes. Así, desde la década de los ochenta comenzó una sorda pugna entre los Estados y las ciudades para atraer la inversión de las mayores de estas empresas, lo que contribuyó no poco a recortar los derechos obreros. En los EEUU, donde llegó más lejos esta tendencia, los sindicatos practicaron una política suicida llamada de "concesiones", por la que competían entre ellos, los de una ciudad contra los de otra, ofreciendo a las empresas acuerdos ventajosos para retenerlas o para conseguir sus inversiones, con un coste elevado para los asalariados.

Y si esto hacían algunos sindicatos, no puede chocarnos que los parlamentos, unos tras otros, fuesen adaptando el mercado laboral a las pautas que reclamaban las empresas multinacionales con tal de mover fácilmente sus inversiones: del coste humano ya se ocuparían los subsidios de desempleo...

Hoy, por desgracia, nuestros sindicalistas están acostumbrados a oír las amenazas fundadas, o incluso los faroles de su empresa transnacional: "si no os parece bien, llevaremos la producción a tal o cual país".

Política y economía

La idea de que la globalización sustituye la economía por la política podría muy bien ceder su sitio a otra idea más precisa: el poder político de la inmensa mayoría de los Estados hoy existentes nada o casi nada puede frente a empresas de dimensiones superiores a los Estados.

Al menos, mientras esos gobiernos y esas empresas se muevan en un mismo terreno, el de la economía capitalista mundial. ¿Y qué gobiernos se sienten en condiciones de moverse fuera de la esfera del mercado mundial capitalista? En todo caso, no los que hoy conocemos.

Todos los gobiernos que hoy existen tratan de establecer convenios con las empresas multinacionales, en una relación de fuerzas muy desequilibrada a favor de las últimas. La política fiscal, el precio de los terrenos, la calidad y la programación de las infraestructuras, la legislación laboral, la docilidad de los sindicatos, la venalidad de los políticos y de la justicia, y otros muchos factores entran en juego cuando la Volkswagen, por ejemplo, trata con el gobierno de Madrid y el de Praga para decidir sus inversiones. Antes se decía: "lo que es bueno para la General Motors es bueno para los Estados Unidos". Pero esta asociación entre el interés de las grandes empresas y el interés nacional sólo tiene sentido en seis o siete países en todo el mundo. En los demás, el interés de la multinacional extranjera pesa más en la balanza que el llamado interés nacional. En estos momentos, Gran Bretaña vive una crisis laboral por la decisión de la BMW de abandonar la Rover, que cuenta con 18.000 obreros y de la que dependen hasta 50.000 empleados en la industria auxiliar. La empresa alemana había exigido al gobierno de Tony Blair que entrase en el euro, y al no conseguirlo, optó por vender su filial inglesa a una compañía gestora. La operación implica despidos por encima de los 5.000. Pero uno de los posibles compradores finales, Ford, también planea cerrar una factoría inglesa (y más de 3.000 despidos). Para colmo, Honda anunció por las mismas fechas recortes de su producción en Inglaterra de hasta el 50%. En una de las grandes potencias industriales, decisiones de política económica nacional al más alto nivel, como lo es la adhesión o no a la unidad monetaria europea, se discuten entre un gobierno a la defensiva y unas pocas empresas multinacionales extranjeras prepotentes. El empleo y el salario para decenas de miles de hogares ingleses están en juego. Casos como éste, se dan todos los días, y no sólo en los países pobres ni medianos.

Las decisiones políticas de Estados más débiles son todavía más manejables. En 1989 la Siemens AG destinó una pequeña partida de sus superbeneficios (una propina de 369 millones de pesetas) a uno de los patrones de Filesa para que el gobierno de Felipe González adaptase los planes del tren de alta velocidad español (AVE) a los intereses de la empresa alemana. Esta práctica es de lo más corriente. Lo raro es que un tribunal llegue a sacarla a la luz. Lo imposible es que ninguna justicia basada en el derecho de propiedad privada llegue a impedir que la voluntad de los gobiernos, partidos y parlamentos se acabe rindiendo ante propinas tan generosas. Ni siquiera el poder político del más fuerte de los Estados hace temblar a quienes se saben verdaderos amos del mundo, en cuanto a poder económico. De cara a la galería, la condena de Microsoft por monopolismo puede pasar por ejemplo de supremacía del poder político sobre el económico. Pero resortes muy poderosos actúan detrás del escenario judicial. La empresa de Billy Gates recientemente formó un lobby en Washington con la misión de comprar la voluntad de políticos influyentes de los dos partidos. Una empresa cuyo valor en bolsa ha perdido sumas comparables al valor de la producción nacional anual española, ¿acaso no puede destinar fondos capaces de garantizar que la administración presidencial norteamericana que surja de las próximas elecciones sea más propicia a los intereses de Microsoft? Por supuesto que puede hacerlo, y que así se financian las campañas. Mientras la política se mueva dentro de las reglas de juego del sistema capitalista (propiedad privada, beneficio, mercado), la supeditación creciente de la política de los Estados al interés económico de las empresas es una consecuencia de la concentración del capital mundial en 200 o poco más de ellas.

Guerras

Como algunas de las mayores compañías de prensa, radio y televisión pertenecen a este selecto club de las multinacionales, y como los restantes medios de difusión dependen de las otras grandes empresas, no podemos esperar que nos informen de los intereses más sórdidos que están en juego en las guerras. Una parte de los aspectos políticos e incluso ideológicos implicados en las guerras de nuestros días aparecen en los medios de comunicación, aunque evidentemente deformados, cuando no falsificados. Pero la censura es mayor, sin ningún género de dudas, en lo que toca a los móviles económicos de las guerras y la implicación de las empresas.

Y sin embargo, la guerra, que la humanidad padece como una explosión de irracional barbarie, no deja de figurar como un mercado importantísimo en las previsiones de algunas de las instituciones más influyentes de nuestra época, concretamente de las multinacionales. Y no sólo de las empresas de armamentos. Los propios móviles de la guerra son valorados, aprobados o descartados, por las mayores empresas mundiales.

La guerra del Golfo en 1991 es el ejemplo más claro, pero no el único caso. Se luchó por el control de las fuentes y de los precios del petróleo. Y la participación de los Estados fue "estimulada" con las generosas donaciones que el grupo kuwaití KIO distribuyó a los políticos, y también con ofertas variadas de participación en los previsibles negocios de la reconstrucción. También la guerra de Chechenia es una guerra petrolera por la ruta del crudo del Mar Caspio.

La implicación personal de lo que los rusos llaman "la familia" del Kremlin en las empresas rusas del sector (Lukoil, Gazprom) explica su obstinación en exterminar a este pueblo que se interpone entre Moscú y los oleoductos. Pero la escandalosa complicidad occidental tampoco puede separarse de la asociación de las principales petroleras angloamericanas en el consorcio internacional que explota el petróleo transportado por Rusia a través de Chechenia. Basta considerar el elevado número de petroleras que hay entre las mayores transnacionales para comprender también la importancia de esta materia prima en todos los escenarios de guerra, en las maniobras estratégicas de las grandes potencias y alianzas (la OTAN en el Este de Europa), y en otros dramáticos acontecimientos recientes como el genocidio de Timor Oriental.

Todos estos hechos, más que otros, han potenciado la conciencia de que la globalización, como proceso económico, se confunde con la concentración del capital en un número tan reducido de empresas que, por su talla y su poder, se elevan sobre muchos de los actuales Estados, y de esta manera modifican también las condiciones políticas y culturales de nuestra vida.

Esta conciencia no aporta todavía soluciones, sino incógnitas. Muchos de los recursos empleados por los pueblos, sus ciudadanos, sus trabajadores, los sindicatos y partidos, en las condiciones históricas anteriores, se revelan ahora poco eficaces y requieren una reconsideración y una renovación. Pasando del terreno económico al político, parece que la resistencia y la protesta contra la globalización se encuentra en fase de tanteos y de reflexión, o quizá de respuestas parciales, lejos todavía de una alternativa global. Pero es legítimo pensar que a una alternativa global sólo llegaremos después de muchos tanteos y a base de combinar muchas alternativas parciales. Y quizá desarrollando en la propia sociedad civil un poder de otra naturaleza que el de los actuales Estados, no sólo capaz de cambiarlos sino de sustituirles por un poder de mayor envergadura social. Quizá sea este poder de una sociedad civil alternativa el que, desarrollándose, llegue un día a estar en condiciones de medirse con el poder, hoy por hoy incontenible, de la oligarquía financiera mundial que a través de unas pocas centenas de compañías capitalistas tiene a la humanidad en un puño.

Arturo Van den Eynde
La Opinión Pública.

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